Lo sufiente


seguro. Así fue. Tardé un orgasmo en despertarme.
Más de una mañana me levanto con melodías de fondo, entre las alarmas del despertador.
La escasa luz proveniente de la ventada, hace de mi cuarto un tablero de ajedrez y crea alguna que otra figura (monocromática) en las paredes.
La luz roja del minicomponente está prendida. El disco se acabó. Pero dejó en mí la inspiración necesaria para que cuando me levante, inmediatamente, cante alguna canción. Como un disco eterno biológico.

"Here comes two of you, which one will you chose? One is black, one is blue. Don't know just what to do" (Beginnig to see the light - 1968 - Velvet Underground). Exactamente repetí ésta estrofa una y otra vez hasta que fui a desayunar. El terciopelo debajo de la tierra me suele causar este tipo de adicción y situación. Ojo, también me suelo ahogar en los lagos creados por las canciones de Morrison. Pero lo destacable es que este tipo de artistas no sólo producen placer al escucharlos. No sólo te transportar a un recuerdo. Sino que en más de una ocasión encienden el fuego y te llevan a atravesar la situación social cotidiana, acercándote cada vez más a la persona que en realidad sos, o en su defecto, querés ser. Como una suerte de empujón o de "dale, si vos también querés y podes ser copado por ser simplemente vos".
Mirá bien al abrir los ojos después de cada siesta o cuando te levantes.
Hay un "principio para ver la luz", no la religiosa, sino la autosatisfactoria. Una breve y cegante luz que creará un monstruo en nosotros. O más bien un superhéroe. Y ese monstruo/superhéroe va a ser recordado socialmente por incendiar la ciudad. Por plantar el caos y regarlo. Por ser uno mismo para siempre y eso es vivir. El llamado "buen vivir"